¡Qué nervios! Estoy tan ilusionada, siempre me pasa. Siempre me he definido como una persona emocionalmente hiperactiva y "adicta a las primeras veces", así que hoy, que voy a ir por primera vez a la ópera, estoy como una niña con zapatos nuevos.
Laura, mi compañera de piso, tiene un tío que es agente inmobiliario, se ha encargado de la venta de un viejo teatro que durante mucho tiempo ha estado al borde del cierre definitivo. Por lo visto debe ser bastante bueno, porque no era una inversión segura, la ópera no es que tenga mucha demanda en esta ciudad, y el teatro necesitaba muchas reformas. Hoy es la noche del estreno, "La Traviata" ni más ni menos. Laura es profesora de música, así que su tío no ha dudado en invitarla a ella y a quien ella quisiera a asistir con él.
Nunca había ido a la ópera, así que no he podía decir que no. Cuando Laura me dijo ayer que no podía venir porque tiene una cita muy importante, pensé en no ir, pero ya tenía incluso el vestido preparado, uno de esos vestidos tipo años 50, de cintura apretada que te suben las tetas y te hacen parecer toda una Sofía Loren de nuestra época.
Llego tarde, como siempre. No me importa, ha merecido la pena, porque he conseguido estar a la altura de la velada.
Carlos, el tío de Laura, me espera en la entrada tal y como acordamos. No es tan mayor, supongo que rondará los cuarenta y pico, quizás cincuenta. Lleva un traje de chaqueta, y al saludarlo con dos besos, no he podido evitar aspirar el olor que desprende, ese olor que resulta de la mezcla de cualquier buen perfume, con el aroma de un hombre maduro, seguro de si mismo. Ha esbozado una media sonrisa y ha sido cortés, ni siquiera me ha reprendido por haberle hecho esperar. Se lo agradezco, no quiero que nada me estropee esta experiencia.
Como llegamos justos de tiempo, pasamos diréctamente al palco que nos tienen reservados. Ojalá hubiese llegado antes, me he perdido ver los modelitos de las otras mujeres que asisten a la inauguración. En el gran recibidor del edificio apenas quedan algunos camareros del cátering de bienvenida, y algunos hombres que se han quedado rezagados tomando una copa antes de empezar.
Un chico vestido como uno de esos antiguos botones de los hoteles de Nueva York nos acompaña hasta la entrada del palco. Es muy servicial, pero no puedo evitar fijarme en que le habla a Carlos con cercanía, supongo que durante el proceso de la venta, habrá pasado mucho tiempo aquí, parece que todos le conocen y le saludan al pasar. Cuando el chico abre las puertas del pequeño habitáculo desde donde veremos la función, siento que el estómago me da un vuelco. Es pequeño, las paredes están forradas con una tela de rafia en verde agua, sobre las que resaltan los adornos de las molduras en blanco que enmarcan cada pared. Tiene dos pequeñas lámparas doradas que apenas alumbran la estancia, unos preciosos sillones forrados con terciopelo rojo y una pequeña mesita. No puedo esperar a que me indique cuál es mi asiento, me asomo apresurada, atraída por la luz que desprende la lámpara de techo que preside el gran teatro, su luz lo ilumina todo. Asomad desde esta altura, puedo ver los asientos de abajo, donde la gente charla impaciente, esperando que empiece la función, mientras miran a su alrededor. Esa sala es un espectáculo y el protagonista es el gran telón de terciopelo rojo que esconde el escenario. Nunca había visto un escenario tan grande, creo que la emoción debe estar haciendo de las suyas en el brillo de mis ojos porque siento que cuando Carlos me toca el brazo para preguntarme algo, lo hace casi con miedo a sacarme de mi embelesamiento. Debo parecer una niña tonta.
- Impresiona, ¿verdad?
Lo miro abriendo mucho los ojos, apenas puedo encontrar palabras para describir cómo este lugar puede hacer que te transportes en el tiempo. Exhalo aire, creo que no he respirado durante los últimos treinta segundos, pero cuando voy a intentar explicar lo que siento, el chico que nos acompaña pregunta qué vamos a tomar. Carlos, que me debe estar viendo la cara de descolocada, pide.
- Para mi lo de siempre, whisky sólo con hielo por favor, y, trae también unas palomitas, ¿no?
- ¡Pero bueno! ¿Se puede saber por qué me mira a mi cuando pide las palomitas? ¿Qué piensa?¿que tengo quince años? Y lo más importante ¿cómo se atreve a insinuar que este vestido tan glamouroso, esta sala, esta situación puede encajar con un paquete de palomitas? ¡Estoy indignada! Sigue mirándome esperando a que conteste si quiero o no las palomitas.
- Bueno, si a ti te apetecen -musito con toda la desgana que mi enfado me permite fingir - Yo tomaré Martini, blanco por favor, sólo.
Se me ha debido notar la indignación, porque no ha podido evitar sonreir y levantar las cejas.
- Mucho mejor Pedro, trae una de esas botellas de Moët Chandon que teneis reservadas para las ocasiones especiales -me mira, esperando mi aprobación- ¿le parece señorita?
- ¡Me parece una idea estupenda! aún así, no descartemos las palomitas... - digo haciendo un gesto con la mano. Esta vez se ríe sin ocultarlo, vaya, tiene una sonrisa preciosa.
Empieza el primer acto, y yo me dejo llevar por la orquesta, la puesta en escena, los cambios de escenarios, es todo tan maravilloso. No puedo evitar apoyar mi cuerpo sobre la barandilla del palco para verlo todo sin perderme detalle, estoy fascinada. Varias veces miro de reojo a Carlos que parece no estar interesado por el espectáculo. No deja de mirarme, supongo que mi cara de embobada es un espectáculo mucho más cómico que la ópera en sí. Es todo tan embriagador. El champagne empieza a hacerme efecto, y las miradas de Carlos también. Es todo tan excitante. Termina el primer acto. Suspiro profúndamente. Miro a Carlos que sigue mirándome, ya de forma descarada. Me sonrío.
- ¿Qué? - pregunto con cara de ¿acaso tengo monos en la cara?
- Nada. Perdona, es que verte mirar al escenario, con esa cara de niña pequeña que va por primera vez al parque de atracciones, es de las mejores cosas que me ha pasado últimamente.
Niña pequeña... ¡y dale!
- Bueno, te confesaré algo - le digo- Esperaba sentirme como Julia Roberts en Pretty Woman, y terminar llorando embriagada por la música, aunque sin ser puta claro -suelta una carcajada, cada vez está más relajado- pero, este sitio, es tan fascinante. Cada rincón de este edificio parece sacado de una película, te invita a soñar ¿no crees?¿cómo voy a centrarme en la música cuando todo lo que la rodea la supera con creces?
- ¡Se me ocurre algo! - me dice, y noto como su cara delata que acaba de ocurrírsele una maldad- Soy como de la casa, tengo acceso a todos los rincones de este teatro ¿te apetece escuchar el segundo acto desde bambalinas?¿quieres conocer "los secretos del teatro"?
Carlos coge la botella de champagne y me coge de la mano. Salimos del palco. Me lleva a la planta de abajo por la gran escalinata que un rato antes habíamos subido. No hay mucha gente, algunos que vuelven del baño y se dirigen a sus asientos de nuevo para ver el resto de la función. Al pasar por el recibidor, veo a los mismos hombres que estaban antes, siguen bebiendo y charlan ahora más animádamente, efecto de las copas supongo, y pienso que es una pena venir aquí para quedarte fuera, pero la mano de Carlos tira de mi, con seguridad, sin ni siquiera pararse a pedir aprobación con la mirada a los empleados que están allí cuando atravesamos las puertas con el cartel de "SOLO PERSONAL AUTORIZADO". Está cada vez más oscuro. En el suelo de los pasillos hay luces que indican el camino a la parte de detrás del escenario. Llegamos a una zona llena de gente que corre de un lado a otro, cargando material de atrezzo, costureras que dan puntadas a trajes que han sufrido percances de última hora, y un señor con un dossier que no para de dar órdenes a todos los que están a su alrededor y que mira a Carlos que le hace un gesto con la mirada y le levanta el pulgar para indicarle que todo está saliendo a pedir de boca. El señor le devuelve el gesto, y sigue a lo suyo. Seguimos por otro pasillo, estoy perdida, esto parece un laberinto y, sin embargo Carlos parece desenvolverse como en su propia casa. Llegamos a un almacén que debe estar detrás del escenario porque la música aquí es mucho más intensa que en cualquier otro lugar del teatro. Está lleno de trajes que cuelgan de percheros móviles, cajas por el suelo con etiquetas encima... en la penumbra, puedo ver que hay unos sacos de arena, de esos que sirven de contrapeso para subir y bajar escenografía, serán de atrezzo, porque entiendo que ahora en el escenario, todo estará mecanizado. Estoy asombrada, es otro des cubrimiento más. Intento abrir mucho los ojos, como el objetivo de una cámara intentando hacer fotografías mentales de todo lo que veo, quiero guardar este recuerdo para siempre. Carlos, que hasta ahora tiraba de mi con seguridad, es ahora quien se deja arrastrar por mi curiosidad, que nos lleva de un lado a otro del almacén, mirándome, disfrutando de saber que me está regalando una experiencia inolvidable. Le suelto la mano para coger una máscara preciosa que he visto, me la pongo por encima y finjo ser una dama del renacimiento italiano, haciendo una pequeña reverencia. El me contesta con un gesto, me sigue el juego. Me doy cuenta de que todo lo que me rodea ha dejado de ser relevante para mi, ahí está Carlos, mirándome, y yo mirándole a él, y me doy cuenta de que le deseo, le he deseado desde que pidió esas estúpidas palomitas, ahora mismo mi cuerpo está tan excitado por toda esta situación, que no me importa que sea el tío de Mari Loli, no me importa no saber si está casado o si no, lo que sea, me da igual. Carlos es el broche perfecto para esta noche mágica....
He dejado la máscara donde estaba. Carlos y yo ya no nos estamos tocando, tampoco creo que pudiese soportarlo sin avalanzarme sobre él. Me paseo por el almacén y veo unas escenografías preciosas, de esas móviles que usan en el teatro. No puedo evitar perderme entre ellas, quiero ver las que están detrás. Está oscuro, y con la música que proviene del teatro es imposible intuir dónde está Carlos sólo por el ruido. De repente ya se dónde está. Le siento detrás mía, le noto respirar acelerado en mi nuca, nos quedamos así cinco segundos, noto que con cada exhalación caliente suya que acaricia mi piel, el ritmo de mi respiración se va acelerando. Es difícil respirar profundo con este vestido que aprieta tanto el pecho, incluso cuando mis pezones se ponen duros bajo la tela, puedo sentir cómo la presión del corsé hace que el piercing del pezón me provoque un poco de dolor, de ese dolor que excita aún más, y la piel de mi pecho se eriza. Carlos me da la vuelta, nos quedamos los dos mirándonos un segundo hasta que yo, me muerdo el labio mientras le miro a los ojos con las mejillas ardiendo por la excitación para que entienda que no quiero esperar más.La forma en que me toca, sólo un hombre experimentado y seguro de sí mismo puede tocarte así. Me pone la mano en la mejilla y con su pulgar sujeta mi mandíbula para asegurarse de que no me moveré mientras se acerca para morderme suavemente el labio inferior. Siento que me mira como si fuese una muñeca, su juguete, ahora es él el que parece un niño ilusionado. Nuestras lenguas están ansiosas por perderse la una en la otra, nos besamos apasionadamente y noto como Carlos me empuja sutilmente, sacándome de ese laberinto de escenografías. Me acerca a una esquina donde hay amontonado un montón de tela de terciopelo rojo, parece que son unas cortinas del gran escenario del teatro, las que estaban antes de la remodelación supongo. Me deja caer sobre el almohadón gigante de tela y luego se reclina sobre mi. En sus ojos hay tanto deseo, parece que la poca luz que entra desde el escenario, hace que el rojo de la cortina se refleje en el brillo de sus pupilas. Mientras le acaricio los labios curiosa con la yema de mis dedos, noto como me sube la falda del vestido y se deshace de mis bragas sin dejar de mirarme. Abre los botones frontales del corsé de mi vestido, creí que podría respirar mejor al hacerlo, pero estoy tan excitada que me sigue costando. Noto cómo después de quitarme las bragas, al abrir un poco mis piernas, el poco aire que hace, acaricia la humedad de mi sexo refrescando la piel, es un alivio, porque noto como mi clítoris arde por dentro, quiero correrme ya, podría correrme ahora mismo sólo por toda esta situación, que me tiene casi sin respiración.
Me muero por saber cómo es su polla, me muero por tocarla por encima de ese pantalón tan sexy del traje de chaqueta de Carlos, pero no puedo desde aquí, él me ha cogido de las muñecas y las tiene sujetas, manteniéndome con las manos arriba de la cabeza. Está ansioso por devorar mis pechos, los lame con toda su lengua, los acaricia con los labios justo antes de morderlos como si le fuese la vida en ello. Se queda mirando mi piercing, juega con él con su lengua, con sus dientes, al morderme el pezón noto la dureza de la barra de metal que acaricia el pezón desde dentro, y que hace que mi vagina se contraiga, suplicando que me penetre en ese mismo momento.
Carlos se mete bajo mi falda, la echa hacia arriba, arrugándola, no quiere dejar de mirarme mientras acaricia mis muslos, desplazando sus manos por el interior de mis piernas, subiendo despacio con las palmas abiertas. Cuando llega a mis ingles, noto cómo separa sus pulgares del resto de los dedos de su mano, para acariciar mis labios, primero por fuera, suavemente, después, apretando sus manos en mis ingles y hundiendo sus dedos entre mis labios mojados por la excitación. Cuando roza mi clítoris creo que voy a explotar, ¡dios mío! Carlos acerca su lengua despacio a mi clítoris, me lame con su lengua, voy a morir. Sigue con sus manos en mis ingles, y su lengua no para de dibujar círculos, de colarse entre los pliegues de mi piel, me succiona, me muerde el pubis, y no no paro de pensar - Dios, me corro, Dios me corro,Dios...- hasta que introduce dos dedos en mi, y yo no puedo más, y esta vez no lo pienso, esta vez me corro. Mis manos tiran de las cortinas de terciopelo que nos envuelven, mi espalda se arquea con cada pequeña combulsión que provoca mi orgasmo.
Carlos por fin se desabrocha el pantalón, tiene la polla tan dura y mojada que no puede aguantar las ganas de metérmela, ni siquiera es capaz de quitarse el pantalón, tan solo abre la bragueta y la saca. Me muero porque se corra en mi boca, pero no me deja moverme, soy su juguete esta noche y no va a dejar que marque el ritmo. Noto cómo me acaricia con la punta de su polla, la tiene carnosa, apetecible, necesito comérsela ya, ¡Joder! Acaricia mi clítoris con ella, hace que me encoja, acabo de correrme, estoy demasiado sensible, pero el insiste, y nuestros flujos se mezclan para conseguir que vuela a estar a punto, con sus caricias, con su aliento en mi cuello.
- Fóllame por favor, me muero porque me folles - le suplico.
- Así que no te gustan las palomitas, pero sí que eres una niña caprichosa, ¿eh?
Le miro con la cara más inocente que tengo y vuelvo a insistir "por favor". Carlos apoya sus codos en la cortina de terciopelo a la que yo estoy agarrada con fuerza. Pone sus manos en mi cabeza para impedir que me desplace hacia arriba cuando de golpe entra en mí, sin dulzura, sin darme el trato de niña pequeña que me ha estado dando hasta ahora, me folla bruscamente, embestida tras embestida siento como me toca por dentro, no puedo soportar tanto placer. Cada vez que la saca despacio, para luego meterla de nuevo, con toda su fuerza hasta el fondo, no puedo evitar gemir de placer. Estoy gritando demasiado, incluso puedo escuchar mis propios quejidos por encima de la música que llena la habitación. Carlos pone su mano en mi boca, de la misma forma en que antes la había puesto en mis ingles, con la palma abierta, de lado para que no grite, y me dice "Sshhh calla nena, nos van a encontrar antes de que consiga que te corras otra vez, y quiero sentir como aprietas mi polla dentro de ti antes de correrme". Sus palabras sólo consiguen que gima con más fuerza, ya me he olvidado de todo, he perdido la noción del tiempo. Con su mano aún en mi boca, se sirve del pulgar para hacerme levantar la barbilla, me muerde, puedo notar sus gruñidos, otra vez el calor invade mi cuerpo. Vuelvo a estallar en un orgasmo, esta vez mucho más intenso, acompañado por la música, que debe estar en el momento álgido de la función. Carlos no puede más, y la saca para correrse sobre mi pubis. La música para, de pronto se escucha una gran ovación, el público ha debido ponerse en pie "Parece que lo hemos hecho bien, nos aplauden" me dice entre risas. Seguimos ahí ,echados, y sabemos que tenemos que apresurarnos en salir de allí, pronto aquello estará lleno de personal ya recogiendo. Me encanta sentir su leche sobre mi. Cuelo la mano entre nosotros, para coger un poco con dos dedos, los llevo hasta mi boca y los lamo "esto me lo debes, que lo sepas " le digo.
- Eso, mi pequeña caprichosa, lo dejaremos para Madame Butterfly...

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